La responsabilidad de las multitudes por MANUEL AZAÑA (Tesis doctoral)


La responsabilidad de las multitudes por MANUEL AZAÑA
 (Tesis doctoral)



Estudio preliminar de Gabriel Moreno González

Con apenas 20 años, un joven Manuel Azaña alcanzaría el grado de doctor con esta memoria de sugerente título, La responsabilidad de las multitudes, que anticipaba con extraña clarividencia el futuro mismo del gobernante y estadista. Quien desde el poder tendría que hacer frente, en más de una ocasión, al actuar indómito de las multitudes, consagró a éstas su trabajo seminal en el campo del Derecho, disciplina que siempre cultivó hasta el fin trágico de sus días. Al Azaña político y escritor hemos de sumar un Azaña jurista, portador inquebrantable de una fe en la fuerza de la Ley que, desde sus tempranos días en la Universidad a sus últimos esfuerzos en la República, vertió permanentemente sobre su idea de una España renovada.

Su casi inexplicable fascinación por las colectividades humanas y por las reglas que las rigen recorre las páginas de una vibrante tesis doctoral que, con fina pluma y cuidado estilo, se adentra en la psicología de las masas, el derecho penal, la criminología y la sociología para, en contra del positivismo entonces imperante, defender la imputabilidad jurídica de la acción colectiva. Una obra inicial de Azaña que tradicionalmente ha merecido muy poco tratamiento historiográfico, y que aquí se edita, por primera vez, de forma independiente. Y es que no se puede entender al Presidente y su concepción de la política sin conocer la raíz jurídica de su pasión por las multitudes, por esas multitudes ante las que él tantas veces se convertiría en orfebre de la palabra.


Sirvientas




Esta es una descripción de personajes para una escena de contraste visual y social. Aquí tienes algunas ideas sobre cómo se puede representar esta dinámica en diferentes contextos narrativos:

1. Contexto de Comedia de Enredos:

En una trama de intercambio de roles, la "señora" (la mujer afrodescendiente) podría ser una empresaria exitosa o una figura de autoridad que impone orden, mientras que las sirvientas (las jóvenes de piel clara) son personajes torpes o relajados que prefieren estar en traje de baño en lugar de trabajar, creando un conflicto humorístico basado en la disciplina frente al ocio.

2. Estética de Fotografía Editorial:

Visualmente, se busca un contraste cromático fuerte. El uso de bikinis blancos resalta sobre la piel clara de las sirvientas, mientras que el vestuario de la "señora" podría ser de colores vibrantes (como dorado, verde esmeralda o rojo) para enfatizar su estatus de poder y mando. La iluminación suele ser brillante, de estilo veraniego o de piscina de lujo.

3. Narrativa de Satira Social:

La escena podría usarse para subvertir estereotipos históricos. Al colocar a una mujer negra en la posición de dueña de una propiedad de lujo y a mujeres blancas como su personal de servicio en atuendos informales o de playa, se desafían las expectativas tradicionales de la literatura y el cine clásico.
Sugerencias para desarrollar la idea:

El Escenario: Una terraza minimalista con vista al mar o una piscina de borde infinito.
La Acción: La señora dicta órdenes desde una tumbona mientras las otras dos organizan una fiesta o sirven bebidas.

El Diálogo: Podría centrarse en la ironía de las empleadas tratando de mantener la compostura profesional mientras visten ropa de baño.







Que están asiendo ahora los ex miembros de la brigadas rojas en Francia.

La situación actual de los antiguos miembros de las Brigadas Rojas en Francia es un tema que ha generado mucha fricción política entre París y Roma en los últimos años.
A día de hoy, los exmiembros que residen en Francia se encuentran en una situación de libertad definitiva dentro de territorio francés, tras una larga batalla legal que culminó en 2023. Aquí te detallo los puntos clave de lo que están haciendo y su estatus legal:

1. El fin del proceso de extradición.

En marzo de 2023, el Tribunal de Casación de Francia (la máxima instancia judicial) confirmó la negativa de extraditar a Italia a 10 ex-militantes de extrema izquierda (incluyendo varios de las Brigadas Rojas).
La razón: El tribunal argumentó que estas personas han vivido en Francia durante 30 o 40 años, han formado familias y se han integrado plenamente en la sociedad.
Derecho a la vida privada: Se determinó que una extradición después de tanto tiempo violaría el artículo 8 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, que protege el derecho a una vida privada y familiar estable.

2. Su vida cotidiana

La mayoría de estos ex-miembros tienen actualmente entre 65 y 80 años. Tras décadas bajo la llamada "Doctrina Mitterrand" (que les permitía vivir en Francia si renunciaban a la violencia), muchos de ellos:
Han trabajado en profesiones diversas (edición, traducción, hostelería).
Están jubilados o dedicados a sus familias (hijos y nietos franceses).  
Viven de manera discreta para evitar el escrutinio público, aunque algunos han publicado memorias o participado en debates académicos sobre los "Años de Plomo".  

3. Nombres clave en Francia

Entre los que evitaron la extradición recientemente se encuentran:
  • Marina Petrella: Ex miembro de las Brigadas Rojas condenada a cadena perpetua en Italia.  
  • Roberta Cappelli: También condenada por varios asesinatos y ataques.  
  • Giorgio Pietrostefani: Fundador de Lotta Continua (aunque no de las Brigadas Rojas, estaba en el mismo paquete de extradición por el asesinato del comisario Calabresi).

4. Reacción en Italia

A pesar de la decisión judicial francesa, el tema sigue siendo una "herida abierta" en Italia. El gobierno italiano y las asociaciones de víctimas consideran que Francia les ha otorgado una impunidad histórica, mientras que los exmiembros defienden que ya han cumplido una "pena social" viviendo décadas en el exilio y habiendo dejado atrás la lucha armada.  
En resumen: Están viviendo como ciudadanos franceses comunes, protegidos por la justicia gala, aunque siguen siendo considerados prófugos por el sistema judicial italiano.  

Nota.-

Roberta Cappelli (nacida en Roma el 5 de octubre de 1955) es una exmilitante de las Brigadas Rojas (Brigate Rosse), condenada a cadena perpetua en Italia por diversos delitos cometidos durante los llamados "Años de Plomo".Perfil y Condenas. 
Formó parte de la "columna romana" del grupo terrorista de extrema izquierda. Fue sentenciada por su participación directa en acciones violentas, incluyendo: Homicidios: Responsable de las muertes del general de carabinieri Paolo Galvaligi (1980), el agente de policía Michele Granato (1979) y el vicejefe de policía Sebastiano Vinci (1981).
Atentados: Condenada por el ferimento (intento de asesinato) del vicejefe de policía Nicola Simone y de Domenico Gallucci, secretario de la sección de la Democracia Cristiana en San Basilio.
Exilio en Francia y Estatus LegalTras sus condenas, Cappelli se refugió en Francia a principios de la década de 1990, amparándose en la llamada "Doctrina Mitterrand", que ofrecía asilo a antiguos militantes italianos que hubieran renunciado a la lucha armada.
Vida en el exilio: Durante décadas vivió en París, donde trabajó en una editorial de cómics y posteriormente como arquitecta y profesora de apoyo para niños con discapacidad.
Arresto y Extradición Fallida: En abril de 2021, fue una de las siete personas arrestadas en la operación "Sombras Rojas" tras una petición del gobierno italiano para ejecutar su sentencia.
Situación Actual: El 28 de marzo de 2023, el Tribunal de Casación francés confirmó el rechazo definitivo a su extradición hacia Italia. 
La justicia francesa argumentó que la entrega violaría su derecho a la vida familiar y que las condenas fueron dictadas in absentia (en rebeldía), sin garantía de un nuevo juicio justo.

Brigadas Rojas
Terroristas en Italia, ciudadanos anónimos en Francia
El procedimiento de extradición de diez condenados por actos violentos en los ‘años de plomo’ cierra un contencioso entre París y Roma por los italianos a los que Mitterrand dio cobijo en los años ochenta

Marc Bassets
Marc Bassets
París - 15 MAY 2021 - 20:47ACTUALIZADO:16 may 2021 - 04:25 CLT
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Giorgio Pietrostefani, a la derecha, hablaba con su abogada, Irène Terrel, antes de su audiencia de extradición el 5 de mayo en París.
Thibault Camus (AP)
En Italia se les consideraba terroristas. En Francia, ciudadanos anónimos con existencias anodinas. Su país de origen les requería por actos de terrorismo durante los años de plomo en los que, entre finales de los sesenta y principios de los ochenta, bandas de extrema izquierda y de ultraderecha dejaron 362 muertos. En el país que les acogió se les trataba como hombres y mujeres que cometieron errores trágicos en su juventud, pero que habían pasado página y, desde los años ochenta, habían construido vidas pacíficas y familiares.

Había una disonancia entre ambos socios y vecinos de la Unión Europea con ideas opuestas sobre las responsabilidades penales y las deudas con la justicia de un grupo de personas. En los ochenta, el entonces presidente francés, François Mitterrand, estableció que Francia no extraditaría a quienes hubiesen renunciado a las armas. Otra versión de la llamada doctrina Mitterrand precisaba que, además, estas personas no deberían haber cometido crímenes de sangre.

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La anomalía terminó el pasado 28 de abril. El actual presidente, Emmanuel Macron, de acuerdo con el primer ministro italiano, Mario Draghi, autorizó ese día el inicio del procedimiento de extradición a Italia de 10 de los cerca de 350 italianos que hace cuatro décadas se instalaron en Francia, miembros de las Brigadas Rojas y otros grupos.

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La decisión cierra un contencioso diplomático entre París y Roma. Y pone bajo los focos, de nuevo, a una comunidad de antiguos terroristas –ellos se describen como revolucionarios, o militantes, o exiliados– reintegrados desde hace tiempo en la vida civil y residentes legales en Francia, y algunos, ya jubilados o cerca de la jubilación, o enfermos de gravedad.

“Todos están perfectamente integrados. ¡Todos!”, dice Irène Terrel, abogada de siete de los diez italianos requeridos por su país de origen. “Estas personas tienen familias, familias francesas, hijos franceses, nietos franceses”.

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Terrel explica que, entre los italianos que pueden ser extraditados para cumplir las condenas en Italia, figuran una educadora que se ocupa de niños con discapacidad y un empleado en un pequeño restaurante italiano. “Está muy enfermo”, dice de otro de sus clientes, “y tiene un hígado trasplantado”. Se refiere a Giorgio Pietrostefani, de 78 años y condenado en Italia a 14 años de prisión por el asesinato del comisario Luigi Calabresi en 1972.

Mario Calabresi tenía dos años cuando asesinaron a su padre. Hoy es un periodista de renombre –dirigió La Stampa y La Repubblica– y autor de Spingendo la notte più in là (Empujando más allá de la noche), un libro sobre la historia de su familia y de otras víctimas del terrorismo de los setenta.


Homenaje en la calle de Milán donde fue asesinado el comisario Luigi Calabresi en 1972.
Mondadori Portfolio (Getty)
“Fue muy grave que Francia no respetase las sentencias de los tribunales italianos”, dice Calabresi por teléfono. “Hablamos de un grupo de personas condenadas por crímenes de sangre. El hecho de que Francia los acogiese, que fuesen totalmente libres, era una herida entre Italia y Francia. Reconocer ahora estas sentencias italianas cierra esta herida”.

El periodista añade: “Si usted me pregunta por mi sentimiento personal, le diré que ya no nos interesa que un hombre de 78 años que está muy enfermo vaya a prisión. Esto no es importante para nosotros. Es demasiado tarde, ha pasado tiempo. Pero creo que es realmente importante que los exterroristas admitan sus culpas, que expliquen lo que hicieron, que digan todo lo que saben”.

Un viernes soleado frente al Bistrot du Marché en Montreuil, en las afueras de París, Alessandro Stella –chupa de cuero, aspecto de roquero jubilado, vaso de vino blanco en la mano– evoca los viejos tiempos. “Muy pocos teníamos un verdadero oficio en Italia”, rememora Stella, autor de Días de sueños y de plomo. Vivir la insurrección en la Italia de los 70 (editorial Virus, en castellano), y cuenta que muchos empezaron en el sector de la construcción. “Trabajábamos en obras de demolición, muy cansado”.

Stella había pertenecido en los setenta a Poder Obrero y Autonomía Obrera y en 1986 Italia lo condenó en ausencia a seis años de prisión por “asociación subversiva constituida en banda armada”. Él, sin crímenes de sangre en su historial, no figura entre los diez requeridos por Italia.

Entre sus “camaradas”, como les llama, explica que hubo quien, como Enzo Calvitti, uno de los diez, siguió trabajando en la construcción. Raffaele Ventura, que también figura en la lista, es documentalista, autor de películas sobre los sin papeles o las luchas obreras.

Algunos, en la comunidad, abrieron restaurantes en París, y uno fundó una exquisita librería italiana en el barrio del Marais. Otros hicieron carrera académica, como el propio Stella, investigador y docente en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales y especialista en temas que van desde la historia de las revueltas sociales a la esclavitud y las drogas.

Stella se casó con una francesa, tuvo tres hijos, es ciudadano francés. Nunca escondió su pasado, ni se arrepintió. “Estos últimos años he respirado de nuevo el aire de mis años de juventud”, dice en alusión al movimiento de los chalecos amarillos, en el que se ha implicado a fondo.

Lo singular de muchas de las vidas de estas personas es que no tenían nada de singular: en algunos casos eran vidas, como lo habrían llamado en los años de plomo, pequeño-burguesas.

“No consigo aguantar el mal olor y la gilipollez de los vencidos”, dice el protagonista de Les habits de l’ombre (Los hábitos de la sombra), un fugitivo que, asqueado del ambiente de sus compañeros italianos en Francia, se marcha a México. El autor de esta novela negra, publicada por la prestigiosa editorial Gallimard, es Cesare Battisti, quien, tras un periplo por varios países, en 2019 fue extraditado a Italia por Brasil y ante el fiscal antiterrorista italiano admitió su participación en cuatro asesinatos.

La historia nunca termina, ni las heridas cierran del todo. Hace tres años, Mario Calabresi localizó en París a Giorgio Pietrostefani. Le envió un mensaje por móvil y se citaron en un hotel. “Decidí hacerlo al oír que estaba realmente enfermo”, dice Calabresi. “Para mí era importante verle y preguntarle algunas cosas sobre el asesinato de mi padre”.

Al llegar, Pietrostefani le preguntó: “¿Usted ha venido como periodista? ¿O como hijo de Luigi Calabresi?”. Le respondió que no estaba ahí como periodista.

Y el periodista no divulga el contenido de la conversación, que duró media hora. Pero el hijo dice: “Cuando vi a aquel hombre, me di cuenta de que era la sombra de quien fue”. Y añade: “Entendí que, en este momento, es más importante obtener la verdad histórica que las condenas”.




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